Africa 1

Publicado el 18 de febrero de 2025, 17:10

Esta historia comienza 25 años después de haber salido de las entrañas de mi madre. Cuenta cómo, tras terminar el servicio militar general en la Banda del Estado Mayor del Ejército, comencé a trabajar como civil en las Fuerzas Armadas, dentro de una agrupación artística que reunía varias manifestaciones del arte. El objetivo era llevar actividades culturales a las tropas cubanas, tanto dentro como fuera del país. Yo era miembro de una orquesta que se encargaba de la música.

Durante los siete años que formé parte de esa agrupación, viajamos como parte de un programa artístico-cultural a Angola en cuatro ocasiones, además de Etiopía y Mozambique. Hoy quiero contarles algunas de las vivencias de esos viajes.

En 1985, realizamos un viaje a Etiopía, al corazón de ese hermoso país de contrastes, de grandes contrastes. Lo primero fue el trayecto: desde Cuba hasta Etiopía. Tuvimos que volar primero a Angola, donde también estaban destacadas las tropas cubanas, cooperando con las fuerzas angoleñas. Allí solo estuvimos un par de días, esperando coger el avión civil que nos llevaría a Adís Abeba, la capital etíope.

Fue precisamente en el aeropuerto donde comenzaron nuestras aventuras. Mientras esperábamos en una sala para abordar el avión —un viejo Boeing, de los primeros modelos, el 003—, no sé por qué, pero a uno de nosotros se le ocurrió decir, en tono de chiste:

—¡Caballero, a estos aviones le dicen el ataúd volante!

Algunos se rieron, otros se pusieron serios, y Marquito, nuestro percusionista, ni hablaba. Estaba tieso, con tremendo respeto. Pero ya sabes cómo somos los cubanos: el miedo lo disfrazamos de risa. Así que los demás seguimos con los chistes de aviones que se caen.

En esa sala había una barra que vendía bebidas alcohólicas. De pronto, entraron unos hombres vestidos con trajes y gorras típicas de pilotos comerciales. Se sentaron y empezaron a beber tragos. Uno de nosotros soltó:

—¡Caballero, esos son los pilotos de nuestro avión! Mira pa’ eso, se empinan unos rones primero pa’ manejar el avión…

Ahí se armó el relajo. Empezaron los chistes cubanos, con su dosis de humor negro:

—Nosotros también deberíamos beber, que si viene la pelona, mejor irnos borrachos.

Nos reíamos fuerte, pero debajo de la risa había nervios. Esa es la manera cubana de esperar, en medio del miedo. Pero la broma se convirtió en realidad. De pronto, por los altavoces del aeropuerto se escucharon unas palabras en portugués. Los pilotos dejaron sus tragos, se levantaron tranquilamente y salieron por una puerta hacia la pista. Se dirigían a un pequeño avión de pasajeros. Nos miramos entre nosotros. La carcajada fue incontrolable.

—¡Caballero, tenemos que rezar, acere! ¡A Changó!

Poco después, nos llevaron hasta el mismo avión donde ya estaban los pilotos. Imagínense el cuadro: todos los chistes que habíamos hecho, ahora eran reales. Alguno rezó, pero ya en serio. Otros dijeron:

—Tranquilo, aquí no vamos a perder el juego.

Expresión típica cubana, para decir que no nos iba a pasar nada.

Subimos al avión, y los chistes seguían:

—Por lo menos nos vamos al más allá en unos buenos asientos.

El avión estaba lleno de civiles que no entendían por qué reíamos tanto. Llegó el momento del despegue. Aquí aprendimos algo nuevo: los aviones Boeing despegan como cohetes, ganan altura en pocos minutos. Nosotros estábamos acostumbrados a los aviones rusos, que suben por etapas y con más calma. Así que cuando el pequeño Boeing se inclinó y salió disparado hacia el cielo, la risa se mezcló con gritos de susto. Era como si estuviéramos en una montaña rusa.

Pero la cosa no terminó ahí. El avión no dejaba de temblar y caía en vacíos de presión. Parecía que íbamos en una carreta arrastrada por bueyes. Fueron dos horas de viaje intensas, entre risas, miedo y esa jocosidad cubana que nunca falta.

Cuando llegamos, nos explicaron lo que pasaba. Un cubano que trabajaba en el aeropuerto de Adís Abeba nos dijo:

—Eso es normal. Ustedes viajaron desde el nivel del mar, en Angola, hasta Adís Abeba, que está a 2,500 metros de altura. Además, volar dentro del continente africano es complicado por los cambios bruscos de presión atmosférica. Pero tranquilos, esos aviones son increíbles. Todavía no se ha caído ninguno.

Nos calmamos un poco… pero solo un poco.

Ese viaje estuvo lleno de experiencias que me marcaron. Una de ellas fue el trayecto desde Adís Abeba hasta la ciudad de Harar, a más de 300 kilómetros, por un terraplén, un camino sin asfaltar. Después de varias horas de viaje, que para nosotros parecía un safari, paramos en un pequeño pueblo para merendar. Cada cual llevaba su comida. Pero al bajarnos, se acercaron muchos niños. A simple vista, estaban desnutridos, y algunos parecían haber sufrido poliomielitis. Sin pensarlo, muchos de nosotros regalamos nuestra merienda.

Pero se nos acercó un soldado cubano que nos acompañaba y nos dijo:

—¿Ves que todos los niños salen corriendo con la comida? No se la van a comer ellos. Mira detrás de aquella casa.

Miramos y vimos a otros niños y adultos mayores quitándoles la comida a los más pequeños. Fue uno de los momentos más desgarradores que he vivido. Lo peor es que no pudimos hacer nada.

En Harar, una ciudad de cultura musulmana, vimos algo que jamás olvidaré. Había un lugar muy peculiar. La gente iba allí a hacer sus necesidades fisiológicas, sí, señores, a orinar y defecar. Era una extensión del tamaño de un campo de fútbol. Pueden imaginarse el olor.

Preguntamos cuál era el origen de esa costumbre. Nos explicaron que lo hacían para “marcar territorio”, igual que hacen los gatos. Así, los animales salvajes no se acercaban a la ciudad.

África fue para mí una mezcla de asombro, dolor, risas y enseñanzas. Me cambió para siempre.

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